identidad (ficcion)
Abril 28, 2005
No es que sea particularmente ordenado. En realidad soy tan desordenado como cualquier hombre soltero de 30 años con poca vida social y sin novia. Sin embargo, la clase de desorden que me encontré hoy al regresar del trabajo era particularmente chocante: era un desorden deliberado, casi con mala intención… no el desorden cinematográfico que le indica a los protagonistas de las películas que “alguien” ha estado registrando sus cosas, sino más bien el desorden molesto de un hermano pequeño que solo quiere causar molestias…
La mesa volcada, la bandeja de CD abierta, las sillas tiradas en el piso, la alfombra enrollada… un panorama preocupante e incómodo. Como fuera, después de mirar un rato atónito (como la ocasión ameritaba hacer) me dispuse a revisar el resto del departamento, más precisamente mi dormitorio. Por algún motivo, tal vez por la intimidad que encierra, el dormitorio nos preocupa profundamente y es lo primero que revisamos ante la amenaza de robo o intrusión, pese a que en muchos casos (y en el mío así es) los objetos más valiosos están en la sala.
En el dormitorio la situación era similar: la cama desecha, las sábanas recogidas hasta la mitad, los cajones de la cómoda apilados en el suelo, el televisor desenchufado, volteado hacia la pared.
El ruido de la llave de agua corriendo en el baño me sacó del ensimismamiento. Podría jurar que no estaba sonando cuando entré a la habitación: entonces, cuando mi actuación de ciudadano sorprendido estaba en su punto álgido sucedió lo increíble: del baño, en actitud insosteniblemente relajada salí yo mismo, secándome las manos. Me miré a los ojos, dejé caer la toalla a un lado y me espeté: -¿Son estas horas de llegar?
Creo que cualquiera va a estar de acuerdo conmigo que la frase pronunciada podría haber sido cualquiera y el efecto no hubiera sido menos chocante, ni la situación menos absurda. Una urgencia natural me compelía a contestar rápidamente, probablemente fruto de años de enfrentar esa frase en labios de mis padres mientras vivía bajo su alero, o bien por una negación interior ante lo crítico del momento: tal vez así, brindando cotidianidad a los hechos, la locura se conjuraba y lo inexplicable quedaba convertido en una mera confusión, un divertido malentendido. Pero, como ya el lector debe adivinar, no fue tal. El balbuceo estúpido que salió de mis labios y que en media lengua pretendía hilar ciertos imprecisos comentarios sobre el trabajo, sobre algún memorando extra o alguna fantasmal reunión imprevista solo consiguió acentuar lo ridículo del predicamento que enfrentaba y a hacer más apremiante la necesidad de una respuesta coherente de parte mi imagen personificada enfrente.
Todo lo que sucedió después es confuso. Sé que hubo una discusión. Sé que se habló en términos acalorados de responsabilidad, de medicamentos y de cierto diagnóstico clínico que al parecer incluía la palabra esquizofrenia en algún sitio. Sé que se habló de ponerle fin a algún notable desorden en mi vida y sé que hubo algo de violencia. El moretón en mi brazo y la hinchazón bajo mi ojo izquierdo lo confirman aún ahora, cuando varias horas han pasado ya desde estos hechos.
En limpio solo saque que desde ahora yo… o él, iba a mantener a raya las crisis y que a fuerza de lo que llamé (o llamó) la terapia, situaciones como estas serían cosas del pasado. Que me aspen si esto me resultaba cotidiano antes de esta dichosa terapia. El caso es que me fui, así, sin más. Me di la espalda y me largué.
Pasó algún tiempo desde que salí del departamento (bueno, para efectos de redacción, habría que escribir: desde que salió del departamento) y luego pasó algún otro tiempo más desde que empecé a reordenar mis pertenencias.
Ahora por fin ya está todo como siempre… o al menos casi como siempre: en definitiva algo está faltando, y bajo las actuales circunstancias, debo reconocer que me tiene bastante preocupado.
Por más que he revisado y rebuscado no consigo hallar mis documentos. Ninguno de ellos.






queido señor o señora sus cuentos son un poco aburridos poner otros mas divertidos muchas atentamente debora
totalmente de acuerdo…el unico problema (para poner otros más divertidos) es que tendría que poner cuentos ajenos, y eso se llama plagio…