Estábamos allí solo para observar, me advirtió mi guía cuando nos acercábamos al destino. El artefacto dentro del cual viajábamos estaba hecho enteramente de metal, pero de láminas tan delgadas como el pergamino.
Elevábase por los aires con nosotros en su interior cual si fuera un pájaro, sostenido por la acción de sus poderosos hornos, cuyos fuegos dominaban los vientos en una demostración maravillosa de la increíble técnica que estos hombres dominaban.Debo aclarar que estos portentos me eran perfectamente asimilables, pues ya había vivido asombros mas alucinantes en mi viaje inicial, hacía ya tres años, y desde entonces había experimentado una ininterrumpida avalancha de novedades que me hubieran enloquecido de ser mi mente mas débil.

El discurso de bienvenida lo había escuchado de labios de un hombre rubio, alto, extremadamente delgado y pálido que hablaba un griego perfecto aunque con una entonación algo errática; y aquel discurso establecía básicamente dos cosas:

La primera, que se me consideraba el hombre sabio más influyente del mundo antiguo, aunque en aquel momento yo no tenía claro a que se referían con antiguo, y que ellos me había abducido de mi tiempo para llevarme a su presente, miles de años tras mi muerte, mediante artilugios provistos por su moderna ciencia.

Lo siguiente, y que tomo tres largos años, fue una intensiva enseñanza de los conocimientos que ellos habían alcanzado y un casi insensato desfilar de demostraciones empíricas de todo cuanto afirmaban.

El plan, según ellos, vasallos de un reino inexistente en mis días, era dar un salto inconmensurable en su cultura y técnica por la vía de retornarme al ágora de ayer cargado de sus nuevos secretos, al menos de tantos como fuera capaz de comprender y recordar.

En el ínter tanto, mientras mi aprendizaje tomaba lugar, una larga y penosa guerra llegaba a su fin. El reino de mis captores doblegaba finalmente a un rebelde enemigo, feroz en la lucha y orgulloso en la derrota, que defendía hasta el ultimo suspiro su ley. Para concluir mi tutelaje, los señores de la guerra y los sabios que me aleccionaban habían previsto un ultima demostración, el orgullo de su ciencia: iban a mostrarme un arma definitiva, un artificio que por dictado de las Moiras había sido el motivo de la investigación que concluyo con mi transposición en el tiempo, y que ahora, al menos en sus ojos, llegaba a feliz término.

Que poco afortunado aquel adjetivo para tan lamentable momento.
¿Debo registrar aquí el dolor que he presenciado? No me siento capaz todavía. Solo diré que ni en las más horribles leyendas que rodeaban las prácticas inhumanas del invasor persa se podía inscribir la magnitud de este desastre. Era tan numerosa la destrucción como extenso el alcance de la desolación. El mismo infierno se había hecho cuerpo de pronto en esa tierra abatiendo a naciones en un instante, perdiendo en el olvido a millares, sin dejar siquiera sus cuerpos para dar sepultura.

El nombre de aquella tierra no es importante ya, pues ha desaparecido, pero el hombre alto me lo ha mencionado antes del fuego y en mi mente perdurará por siempre el recuerdo de esa extraña palabra con su sonoridad cantarina, anudada para siempre a un recuerdo de lastima y horror.
Hiroshima la desolada me ha marcado para siempre y me ha impuesto una obligación.

Estos hombres han edificado su imperio y su saber sobre mis antiguas palabras y esperan una mayor ayuda para su deleznable empresa. Pues bien, en lugar de acelerar su avance, he de impedir su progreso.

En lugar de adelantar entre mis pares la lógica impecable de su gravitación quántica, les haré el camino tan difícil como sea posible.

He quemado los pergaminos que desglosaban aquellas enseñanzas que pretendía llevar al ágora la noche en que me raptaron: el mundo no oirá ya mis ideas sobre los campos magnéticos ni la composición particulada de la materia.
Mi muerte sellará para siempre este camino de amarga sabiduría. He de comenzar una gran mentira y he de empezar cuanto antes.

La mentira comienza así: el cosmos esta dividido en dos regiones no reductibles entre si, y son el mundo supralunar y el mundo sublunar.
En el mundo sublunar los cuerpos están compuestos de cuatro elementos: la tierra, el agua, el aire, el fuego…

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