julio 28 (ficcion)
Septiembre 21, 2005
A mi Abuelo
Hace algo de calor para ser un día de pleno invierno. Los menores, todavía muy chicos para fijar su atención demasiado tiempo en cualquier cosa se dedican a buscar la tumba más antigua de todo el cementerio. El juego lo ha ideado Camilo, el único de los tres que lee fluidamente y va al colegio. Rafael apenas conoce los números pero juega evaluando con ojo experto la antigüedad de las lápidas según la cantidad grietas y musgo que las carcome; a pesar de ello, cada vez que cree estar ganando debe verificar con Camilo la fecha. Raimundo los observa desde el cortejo. Es el mayor de los nietos y el único que cargó el féretro junto a los adultos. Durante toda la ceremonia se ha mantenido en posición firmes a pesar de que infinitas veces se ha prometido a si mismo no permitir que los meses de instrucción militar contaminen su comportamiento civil como ya ha visto suceder con casi todos su compañeros de servicio. Le cuesta a Raimundo no pensar en los recuerdos felices que conserva del abuelo, pero sabe muy bien, por experiencia previa, que si se deja llevar romperá en llanto y esta vez se ha propuesto ser nada menos que todo un hombre. En un momento la misión se vuelve en extremo difícil: su hermana Marcela toma la palabra – a nombre de los primos – y lee un cariñoso discurso. Desde luego toca más de un recuerdo común y las lágrimas asoman traicioneras tras los ojos. Una rápida maniobra que se las lleva y todo vuelve a la normalidad, todo está de nuevo bajo control. Las elegías y los discursos acaban por fin y Raimundo se adelanta al tío René. Yo lo hago – dice. Fuera de esa pequeña intervención, prácticamente no ha abierto la boca en toda la mañana: este es un requisito de formalidad, pues teme que la voz le salga quebrada o algo similar. Tampoco puede darse el lujo de aclarar la garganta antes de hablar pues sería un gesto delator. Nada de ello ocurre. La posición de la sepultura en el tercer nivel le da la excusa que le faculta a imponerse sobre el protocolo y subir junto al resto de los tíos el ataúd hasta su posición final. Las flores se acumulan en la boca del nicho como en un jarrón insaciable que devora coronas y ramos con igual facilidad, por decenas, a medida que los familiares, amigos y conocidos los acercan en el previsible desfile final que cierra la representación. Raimundo ve al encargado del cementerio empujar una bolsa negra que había estado discretamente oculta en un nicho vecino y ponerla entre los tallos y pétalos del nicho-jarrón del abuelo. Los más lejanos al nicho, cumplida la tarea, emprenden retirada por los pasillos húmedos y floreados antes que el resto, pero son el gatillo de la procesión de retirada, menos silenciosa, menos ordenada, más dispersa. Ya el rito se ha honrado; quedan, desde luego, algunas etapas. Ya vendrán horas de comida y comentarios, de cuentos añejos, de anécdotas y llantos suaves, algún que otro chiste, los infaltables lugares comunes y un “al menos tuvo una vida plena” tan gastado que de tanto ser repetido pierde el sentido y empieza a tomar el matiz absurdo de un trabalenguas, como cuando Camilo les encarga repetir a Rafael y a Magdalena la palabra manguera hasta que se caen al suelo doblados de risa por el sin sentido. En el camino a casa Raimundo debe preguntar pues al tratar de acomodar las flores el tacto le desconcierta. Lo ha visto quedar entre los ramos y coronas, empujado por el funcionario y le molesta el estorbo disonante del plástico negro entre los brillantes colores de la primavera de ofrendas. Seguro es un descuido y aquello corresponde al fondo, los tallos o raíces y basta voltearlo pero no puede, no resulta como se lo espera y debe dejarlo ahí. ¿Qué era eso en la bolsa negra? – pregunta – traté de acomodarlo pero no eran flores. –dice. La tía Micaela, el bisabuelo Damián – responde la madre. Raimundo no comprende. La reducción cariño, los restos. Deben ir en el mismo nicho todos juntos. – aclara la madre. Raimundo se encoge de hombros. Nunca los conoció en vida. Supone que alguno de sus tíos, talvez el mismo tío René, debió vivir hace años una jornada como la que el se obliga esta mañana. Nunca los conoció en vida se repite mientras bajan hasta el auto estacionado en la entrada del cementerio. Pero a la tía Micaela le acabo de tocar una rodilla. Ya la brisa de la tarde aparece decretando el fin del mediodía y el frío que toma posesión de la joven tarde deja claro que después de todo, es un día de pleno invierno.






no pude dejar de reir al recordar el incidente de la bolsa negra … seguro ha sido ” escalofriante ” jajajajaj
solo una corrección … fue julio 25…
bueno. ni habia ningun raimundo ni camilo, ahi esta el asunto de que sea ficcion y no diario de vida.
quien es el anonimo? mi hermanita?
… era ficción por eso no era 25 sino 28…. :S
además claro de los personajes que hacían más divertido el cuento !
y pensaba ….
El tata ¿podrá ahora entender esto de los blog ….? seguro se reiría de la anécdota
y de tu pregunta ….
en esta ocación …. sip, el anonimo es tu hermanita …
…
no me dan las ganas para crear cuentas y recordar claves …. ups …
sip, pero no hace falta, en vez de pinchar en anónimo, pincha en “Otros” y te deja poner un nombre cualquiera, sin clave ni nada.
para probar lo de “otros ” :S