Lebensban queda en la cara Norte: el viaducto que llega desde Aholmë se planta medio a medio en la blanca pared del Edificio y la estación se había materializado ahí mismo, como una erupción cubriendo la herida de esta interferencia. Üzerinban, la otra estación, está en la cara Este; la línea férrea también se eleva allí cientos de metros sobre el suelo para luego alejarse buscando el amanecer y convertiendo al Edificio en un gigantesco pivote silencioso. La red de escaleras, pasarelas y puentecillos colgantes que conectaba de manera no oficial ambas estaciones había nacido tímidamente en cuanto se hizo claro que atravesar el Edificio era una tarea que lindaba con lo imposible y que sin miedo a errar uno podía definir de titánica. Con el tiempo se habían institucionalizado y eran pocos los que recordaban los peligrosos días en que los habitantes mas audaces se balanceaban temerariamente a vertiginosas alturas para dar luz a la alternativa que permitía pasar desde Lebensban a Üzerinban sin perder contacto con la familia, los amigos y quizás envejecer en la compleja mole blanca sin volver a ver la luz del sol. Al pasar los años, la ruta alternativa se fue tiñendo con pequeñas construcciones precarias, equilibradas sobre los bordes de la pared que al principio ofrecían a los pasajeros comida, bebida y luego ya vestimentas, artesanías, diversión e incluso alojamiento.

Con el tiempo, no pocos empezaron a llamar a la red informal “el Edificio de afuera”, y muchos nunca mas entraron en contacto con los que siguieron viviendo dentro de las paredes del Edificio.
El Edificio, por su parte, había crecido atrayendo hacia sí a la ciudad, como un trozo de plástico que se encoge al calentarse y arrastra su propia sustancia en hacia el centro en incómodas arrugas. De igual forma la ciudad había desaparecido tragada en una vertiginosa multiplicación de pisos y estructuras que se agregaban en orgánico desenfreno apenas disimulado por la geometría blanca de las paredes de metal esmaltado. Podría decirse también, que el Edificio era ahora lo que fuera alguna vez la ciudad, pero convertido por alquimia arquitectónica en una epifanía tridimensional de confusiones e interferencias.

Existen niveles dentro del Edificio, y estos niveles definen una estructura clara de jerarquías, derechos y obligaciones. Aquellos más cerca del suelo suelen cargar con la mayoría de las obligaciones y a cambio gozan una casi total ausencia de derechos. Aturdidos por la inmutabilidad de su destino, esos que moran en los pisos más bajos se han vuelto tan silentes como las paredes que los rodean, entregando el usufructo del aire a las vibraciones subsónicas de las canalizaciones de vapor que recorren los entrepisos y que inervan las estructuras desde el profundo y olvidado subsuelo hasta las luminosas plazas de los directores.

Ahí, en el fondo del Edificio, hundiendo sus raíces en la oscuridad insondable del Pozo Original, existe la Máquina. Hay quienes postulan que la Máquina es el soporte vital del Edificio, y que por lo tanto, toda la jerarquía de mando y privilegios está terriblemente equivocada, pues en manos de las sembradoras y los proto-técnicos descansa el absoluto el control de los acontecimientos. La idea, sin embargo, es considerada herética por los directores, y ominosas amenazas se ciernen sobre quien pretenda discutir tal idea en público. La postura oficial establece que la Máquina es un apéndice vestigial de las antiguas oficinas de la Aduana, y como tal goza solamente de un carácter historiográfico y patrimonial, más no de interés eco-social.

…continua

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