el Edificio, parte 2 (ficcion)
Abril 27, 2006
A Maru no se le conocen parientes vivos. La mayoría concuerda que era hija de un funcionario de las Aduanas caído en desgracia y desaparecido largo tiempo ha en las inextricables vísceras de los niveles centrales, pero eso bien podría ser invento o una leyenda absurdamente deformada. Lo cierto es que Maru es morena y mide un metro setenta y seis, lo que la hace 10 centímetros más alta que cualquier otra sembradora, y su rostro vivaz refleja una astucia que en aquellas suele escasear. Como casi todos los forasteros recién llegados, Maru apareció en Agosto, en una noche larga y bastante fría: vestía un abrigo de Politex negro, que quizá había estado de moda hace cien años, pero que ahora arrancaba sonrisas incluso entre quienes eran incapaces de elegir una prenda distinta para los fines de mes que la “Propuesta oficial Temporada ‘85” aparecida en el catálogo estándar.
Pasados unos seis meses, Maru ya se había integrado plenamente a nuestras actividades habituales y, pese a que los hombres seguían intimidados con su belleza y su estatura, podía considerarse como una más del grupo. Pocos dejaron de notar que su desaparición coincidió con la llegada del extranjero, aunque todos los peritajes e interrogatorios lo dieron por inocente. El dictamen oficial fue un escueto “SITUACIÓN INDETERMINADA” señalado en un informe que tenía menos información que membretes. De cualquier manera nadie se explicaba porqué el extranjero insistió en quedarse dadas las sospechas que recayeron sobre él y el trato hosco y desconfiado con que se le trató desde entonces.
Al otro yo lo vi el mismo día que llego. Era alto, lento y despedía ese olor a almizcle que suele acompañar a los viejos, a pesar de que no pasaría de la treintena.
Venia de las planicies y se jactaba de haber cenado una vez con el propio Archivista Mayor de Üzerinde; aunque eso nadie lo creyó nunca. Trabajó siempre lejos del brotador principal, al parecer incómodo por la presencia las sembradoras… Al principio todos le miraban y comentaban a sus espaldas, pero como todo, tarde o temprano dejó de ser interesante y de la misma manera que su traje azul marino se fue tornando gris y fundiéndose con el fondo, el extranjero se mezcló y pareció desaparecer entre la imparable corriente de obreros que alimentábamos La Máquina.
Era Mayo bien avanzado cuando me habló por primera vez. Ignoro como supo mi nombre, pero fue capaz incluso de poner el acento nasal en la “è” de la misma manera que lo hacía mi madre, y que es como se supone debiera pronunciarse, aunque nadie en este nivel lo puede hacer. Lo que el extranjero me preguntó me dejó perplejo; no porque se tratara de una revelación asombrosa, sino por lo obvio y evidente de la conexión y la manifiesta estupidez y pasmo que demostramos sufrir todos los que como yo no fuimos capaces de notarlo antes.
…continua





