Lebensban queda en la cara Norte: cada noche llegan con cuarenta, cincuenta o doscientos doce minutos de retraso los automotores colgantes. Vomitan su carga humana a la velocidad del silencio elevándose cuarenta, cincuenta o doscientos doce centímetros en sus rieles a medida que se alivianan y se vacían. Yo no siempre fui como soy ahora. Fui brillante al nacer y disfrutaba de un ligero prestigio entre los que me rodearon durante mis primeros cinco años.

Por las noches, al dormir, entre llegada y llegada de cada nuevo automotor me arrullo en el recuerdo algodonoso de esos años. A veces el episodio permanece indeleble, indispensable varias horas durante la vigilia. Estoy solo: sudado, afiebrado, respirando difícilmente en el calor gomoso y artificial del traje. Hace unos minutos me he cruzado de frente con un funcionario y me he puesto más nervioso todavía, si cabe. Corto boletos y reviso pasaportes mecánicamente sin librarme nunca de la imagen chocante del Behemot: bebé grotesco de rasgos apenas humanoides, aferrado monstruosamente a su madre de cera, perpetua nodriza plástica y primordial que le amamanta desde hace siglos, arquetípica, elemental y silente: una perfecta prostituta de babylon, pero sin toda la alharaca.

Alguna vez fui también fundador, administrador, burócrata en toda su ley, poderoso y terrible. Mi mano empuña los formidables timbres, a-pro-va-do, y el alivio, la sonrisa, los pulmones llenos de un aire que nunca se sintió tan fresco, la gratitud, quien sabe si una promesa de sexo, pero mil cosas maravillosas y todo es para ti. Pero también re-cha-za-do y los mil matices que pueden dibujar el odio y la desesperanza, los llantos de narices enrojecidas y mocosas, rabia y amenazas y ¿Dónde estabas tú? No viste nunca el viaje a negro, la falta de aire como en un asma repentino y el sudor frío. Yo también vestí como funcionario y mi ventana daba a Üzerinde.

…continua

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